Biblioteca José M. Lázaro del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico a 7 años del paso del huracán María por Puerto Rico. (Foto por Brandon Cruz González / Centro de Periodismo Investigativo)

CRÓNICA

Filtraciones, libros con hongos y siete salas de estudio cerradas desde el paso del huracán María en 2017 se ven en la Biblioteca José M. Lázaro del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, donde se preservan libros y documentos patrimoniales del país. Completar todas las fases de mejoras tomará otros tres años más, dice la administración.

Por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo

Viernes

A las 9:00 a.m., Christopher Acevedo abre su computadora para estudiar en la Biblioteca José M. Lázaro, en la Universidad de Puerto Rico Recinto de Río Piedras. Al menos tres veces por semana viene a estudiar aquí. Llega en tren desde Bayamón, donde vive con su abuela. La ruta le toma 30 minutos.

Nació hace 19 años en California, Estados Unidos, y aunque se tropieza entre el español y el inglés, responde por instinto en el idioma que heredó de sus padres puertorriqueños. Estudia Historia en la Facultad de Humanidades del Recinto, y quiere luego continuar una carrera en Derecho.

Se sienta en un sofá azul que está en el primer piso de la biblioteca, cerca de la puerta que da hacia las facultades de Ciencias Sociales y Administración de Empresas. Busca “escapar” del olor a humedad del segundo piso donde antes acostumbraba estudiar.

Christopher Acevedo es estudiante de Historia en la UPR Recinto de Río Piedras. Acude tres veces por semana a estudiar a la Biblioteca José M. Lázaro. Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo.

“Dejé de estudiar allí por ese olor”, me cuenta mientras mantiene los dedos en el teclado de su laptop.

Es viernes y casi no hay gente aquí. Para Christopher, la Biblioteca Lázaro es un “centro de información y de cultura” y un importante símbolo de la Universidad. Pero la infraestructura en mal estado aleja a los estudiantes del edificio, inaugurado en 1953.

“Creo que afecta a muchos estudiantes. Hay salas cerradas. Es muy malo… No sé cómo decirlo, pero, It’s not fair”, dice.

Para Christopher Acevedo, el mal estado de la infraestructura de la biblioteca podría provocar que alumnos como él no vayan a estudiar allí. Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo.

El silencio se apodera por unos segundos del lugar hasta que el ruido de la puerta trasera de la biblioteca nos devuelve al espacio. Le agradezco a Cristopher su testimonio y subo la escalera hacia el segundo piso. De frente, una hilera negra baja por la pared blanca. El olor a humedad me estruja la nariz. Subo un piso más y doy con la raíz de aquellas líneas de agua que cayeron desde el techo. Una mancha de moho marrón sale de una viga, también del techo y en parte del piso.

En el 2021, la administración universitaria anunció que había culminado la impermeabilización del techo de la biblioteca que se dañó con el huracán María en 2017. Fue una solución temporera a cargo de la empresa Tropitech Inc. para parar las filtraciones, a un costo de $545,229. Las gotas, sin embargo, siguieron permeando desde el techo porque el tratamiento no era una solución permanente.

La filtración de agua en la Biblioteca José M. Lázaro provoca hongos y mal olor. Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo 

A principios de marzo, Astrid Lugo López, presidenta del Consejo General de Estudiantes (CGE) del Recinto, me habló sobre la falta de espacios de estudio en la universidad pública y de los retos para los jóvenes que intentan estudiar en condiciones cada vez más precarias. Aquella conversación, cargada de frustración, me resuena cuando recorro la biblioteca.

“Hay secciones en la Lázaro que, simplemente, hay estudiantes que nunca las han visto durante su carrera universitaria”, dijo aquella vez sentada en la oficina del Consejo en el Centro de Estudiantes.

En la biblioteca, que debería ser un refugio para adquirir conocimiento, los visitantes se encuentran ahora en una lucha constante por encontrar áreas no invadidas por las filtraciones, los hongos y el mal olor.

“Nosotros necesitamos espacios de estudio, y cada vez hay menos”, reclamó la Presidenta del CGE.

El problema es uno con el que conviven desde hace más de una década, cuando el edificio fue declarado enfermo por las autoridades competentes, y empeoró desde hace siete años y medio, luego de los huracanes.

Astrid Lugo López, presidenta del CGE de Río Piedras, reclama más espacios óptimos de estudio en su recinto. Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo

En 2019, recorrí los pasillos de la Biblioteca Lázaro, para observar el proceso de reconstrucción tras los estragos causados por el huracán María dos años antes. El viento y la lluvia del ciclón habían dejado cicatrices profundas en el edificio, marcas que dos años después de su paso aún eran visibles, como si el espacio mismo guardara los recuerdos del desastre.

El daño no sólo era evidente en la biblioteca, sino en todo el Recinto. Las obras avanzaban lentamente, mientras la biblioteca luchaba por sanar, por recuperar su función, con zafacones y cubos usados para recoger las goteras, y con deshumidificadores en los pasillos para intentar combatir las esporas.

Seis años después de aquella visita, algunos de los espacios deteriorados siguen sin reparación. “La Lázaro” sigue, en muchos aspectos, detenida en el tiempo. La biblioteca funciona de manera fragmentada desde rincones improvisados a donde se movieron las distintas colecciones.

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Al menos siete de las 14 salas y bibliotecas permanecen cerradas desde aquel fatídico septiembre de 2017: los Servicios Bibliotecarios para Personas con Impedimentos, la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez, la Sala de Documentos y Mapas, la Filmoteca, la Biblioteca de Ciencias Bibliotecarias e Informática, parte de la Biblioteca Regional del Caribe y la Colección de las Artes y Música.

Aunque los servicios de estas colecciones se ofrecen desde otros espacios, su operación no es óptima. Por ejemplo, la Biblioteca de Ciencias Bibliotecarias e Informática, que absorbió los textos de la Escuela de Comunicación cuando se integró con la Escuela Graduada de Ciencias y Tecnologías de la Información para ser facultad, fue cerrada. Actualmente, los textos pueden consultarse en el catálogo en línea y recogerlos en la Sala de Circulación, donde se reubicaron ambas colecciones. El proceso de traslado fue largo e incluyó una exhaustiva catalogación y el descarte de textos, me contó, de manera confidencial, un empleado.

“Recordemos que la universidad pública no sólo le da servicios a la comunidad universitaria. Se supone que La Lázaro es la biblioteca pública del país. Es nuestra biblioteca nacional y no está pudiendo dar servicios porque hay salas enteras clausuradas por hongos, por deterioro…”, lamenta la presidenta del CGE. 

De regreso al segundo piso, la mirada cae en dos huecos del techo, sin plafones, donde las filtraciones dejan ver su huella de moho marrón y hongo blanco.

Las filtraciones en la biblioteca han obligado a remover plafones en los techos. Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo 

Avanzo unos pasos y a la izquierda me topo con la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez, dedicada a materiales para el estudio de la obra del poeta y Premio Nobel andaluz. Dos papeles pegados al cristal de la puerta anuncian que el “área está clausurada” y que los servicios están relocalizados al lado de la Colección Josefina del Toro Fulladosa (Libros raros), también en el segundo piso.

“Ofrece servicios de 8:00 a.m. a 5:30 p.m.”, advierte el papel. Los números telefónicos y correos electrónicos incluidos en el aviso intentan llenar el espacio de lo que falta: la presencia humana de quienes deberían estar allí.

De vuelta al primer piso, unas puertas de cristal flanqueadas por sendos revestimientos de madera permanecen cerradas también desde el 2017. Tiro una foto y busco en mi teléfono la misma imagen que tomé hace unos años. Poco se ha avanzado en aquel espacio que albergaba los servicios bibliotecarios para personas con diversidad funcional.

Una vez más, un papel anuncia que los servicios se encuentran en el segundo piso, detrás de la Colección de Circulación y Reserva. Para llegar allí, sólo hay dos opciones: las escaleras o un ascensor que apenas se deja ver unos pasos más adelante. No hay rampas. En los días en que la electricidad falla — que en Puerto Rico es con frecuencia — me cuenta un empleado que prefiere permanecer en el anonimato que sólo quedan las escaleras para los 1,179 estudiantes con diversidad funcional o acomodo razonable que están registrados en el Recinto, según la propia institución.

La biblioteca, diseñada por el arquitecto alemán Henry Klumb e inaugurada en 1953 a un costo de $1 millón, no tiene una rampa en su interior. A lo largo de los años, el edificio fue alterado y se le hicieron expansiones.

La Biblioteca José M. Lázaro fue diseñada por el arquitecto Henry Klumb e inaugurada en 1953.  Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo

La modernidad trajo consigo los sistemas de aire acondicionado y la necesidad urgente de conectar a internet, pero no se invirtió en acceso para que personas con problemas de movilidad pudieran acceder a todos los espacios de la biblioteca. Los constantes bajones de electricidad no solo impiden a algunos subir al segundo piso, sino que además dañan ascensores y aires, y las fluctuaciones de temperatura provocan más humedad, que, a su vez, propicia el crecimiento de hongos en las paredes, techos y libros.

Vídeo inauguración en 1953:

Los estragos del huracán Fiona, en septiembre del 2022, y de la tormenta Ernesto, en agosto del 2024, provocaron desprendimiento de material con asbesto del techo en la Colección de Circulación y Reserva, según un correo de la directora del Sistema de Bibliotecas del Recinto, Nancy Abreu Báez, enviado al director de la Unidad de Apoyo Técnico e Infraestructura del campus, Ramón Canto, al que tuve acceso. El incidente provocó que la Oficina de Protección Ambiental, Salud y Seguridad Ocupacional de la UPR ordenara apagar los acondicionadores de aires para limpiarlos. Al encender los aires, estos no enfriaron adecuadamente dando paso a que la proliferación de hongos se agravara, dice el informe.

Aunque la situación fue neutralizada en parte, en su informe, Abreu Báez reconoce en el documento que, “si no se estabilizan las temperaturas, el hongo volverá a resurgir”.

Seis meses después del suceso, Abreu Báez me dice que el Sistema de Bibliotecas, que incluye a La Lázaro, ha realizado limpiezas profundas de sus colecciones a cargo de la compañía In-Viro Care.

Lunes

Llego a las 11:00 a.m. a toda prisa a una cita al Recinto de Río Piedras. Un fin de semana me separa de aquel recorrido por La Lázaro. En Rectoría, me reciben las arquitectas Mayra Jiménez Montano, ayudante especial en Asuntos de Infraestructura; y Jomarly Cruz Galarza, directora de la Oficina de Planificación y Desarrollo Físico del Recinto.

Aunque la agenda era hablar del proceso de reconstrucción del campus, casi inevitablemente el tiempo lo ocupa la situación de la biblioteca.

Ambas reconocen los retos del atraso en las obras, las complejidades para cumplir con las exigencias de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA en inglés), la falta de mano de obra en Puerto Rico y una lista casi interminable de gestiones que evidencian la complejidad de la restauración.

En la foto, las arquitectas Jomarly Cruz Galarza (izquierda), directora de la Oficina de Planificación y Desarrollo Físico del Recinto; y Mayra Jiménez Montano, ayudante especial en Asuntos de Infraestructura. Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo

“Cuando uno restaura un edificio empieza de arriba a abajo”, explica Jiménez Montano.  “Por eso es que se está empezando con la impermeabilización. Una vez se atienda el problema de las filtraciones, la próxima fase son los sistemas de aires acondicionados para evaluar su condición e instalar equipos adecuados para bibliotecas con controles de humedad”, añade.

Se refiere a una nueva etapa del proceso de reconstrucción en la biblioteca, anunciada en enero de este año por el entonces presidente de la UPR, Luis Ferrao. Se trata de la remoción y disposición del sistema de impermeabilización temporal (que costó sobre $500,000 hace cuatro años) así como la instalación de un nuevo sistema conforme a los códigos de construcción de 2018. Esta fase tendrá un costo de $3.1 millones de fondos de FEMA y fondos CDBG-DR para la recuperación de desastres, provistos por el Departamento de Vivienda federal.

El segundo piso de la Biblioteca José M. Lázaro es uno de los más afectados por las filtraciones. Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo

La pregunta inevitable está en el aire: ¿por qué ha pasado tanto tiempo entre la impermeabilización temporera, que se completó en 2021, y el inicio de esta obra permanente?

“Hay que verlo como un proyecto bien ambicioso. Aquí nada más son $260 millones [para todo el Recinto], pero son procesos que tienen que cumplir cada etapa y son muy rigurosos. Hay que llevar un proceso que sea competitivo, que se tarda”, dice Jiménez Montano.

“Ahora, en los últimos dos años, ha avanzado un poco más. Obviamente, es porque ha apretado y tenemos que utilizar los fondos, pero sí, son procesos lentos”, añade la arquitecta, al referirse al avance de las filtraciones y el deterioro progresivo en la biblioteca.

Descarta que la prisa ahora surja por la inestabilidad en el gobierno federal, donde las políticas del presidente Donald Trump atentan contra agencias como FEMA y amenazan con el recorte de fondos a universidades.

Y añade otro factor: los retos de la construcción en Puerto Rico, por la falta de mano de obra y el aumento del pago a los obreros de construcción, que subió a $15 por hora a empleados diestros.

“Ahora mismo han habido proyectos, como el de la Lázaro, en que la subasta se tuvo que hacer una segunda vez porque no hubo oferta suficiente. Una subasta se puede tardar 60 o 90 días. Si se tiene que volver a hacer porque se quedó vacía, son tres meses más que se atrasa un proyecto”, menciona. 

No se trata, pues, de un tema de plazos incumplidos, aseguran las funcionarias de la UPR, sino de la complejidad inherente a la infraestructura de un Recinto histórico, donde cada decisión y cada paso deben ser cuidadosamente calculados.

Cruz Galarza indica que la construcción tuvo que pasar por dos fases de licitaciones complejas, una para el diseño del proyecto, y otra para la construcción, algo usual en todo tipo de desarrollo de infraestructura.

“[La fase de diseño] incluye fotos aéreas, estudios de humedad con cámaras termográficas, estudios de asbesto y plomo para confirmar que no se requiera una mitigación adicional y hacer los planos para entonces hacer la subasta”, añade Cruz Galarza.

En la foto, Jomarly Cruz Galarza, directora de la Oficina de Planificación y Desarrollo Físico del Recinto de Río Piedras de la UPR. Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo

La nueva impermeabilización de los techos, a cargo de la empresa JC Remodeling, Inc., apenas comienza. Tomará alrededor de un año y cuatro meses en completarse, para luego pasar a la fase de sustitución de los sistemas de aires acondicionados y, eventualmente, la remodelación del interior de la biblioteca, que incluirá nuevos usos para algunas de las salas. Esas últimas dos fases están en etapa de diseño por la firma Hacedor: Maker/Arquitectos.

La sala que daba servicio a personas con diversidad funcional en el primer piso de la biblioteca ya no tendrá ese fin. Allí se ubicará el Archivo Universitario, explican las arquitectas.

La sala Servicios Bibliotecarios para Personas con Impedimentos, cerrada desde el 2017, albergará el Archivo Universitario del Recinto. Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo

No habrá una sala especializada para las personas que requieran algún acomodo, pues la idea, detallan, es que se adapten todos los espacios de la biblioteca para que sean inclusivos.

“Según los reglamentos, todos los espacios de servicio de la biblioteca tienen que ser accesibles. Ahora, más que destinar un espacio cerrado o aislado para servicios a personas con diversidad funcional, nosotros partimos de que todas las bibliotecas y todos los servicios que ofrecen tienen que estar accesibles a todas las personas”, destaca Jiménez Montano.

En la Sala de Referencia del primer piso, no obstante, se integrarán dos cabinas para que las personas sordas puedan estar allí con algún intérprete.

Mientras todo esto ocurre, la Biblioteca Lázaro permanecerá abierta y no se prevén más relocalizaciones de servicios o colecciones, estiman las arquitectas.

Son ya las 12:00 p.m. y salgo de la Rectoría. Casi sin darme cuenta, camino de nuevo frente a las puertas de la biblioteca.

La familiaridad del lugar, con su arquitectura imponente, me recibe sin sorpresa, pero esta vez algo en el ambiente es distinto: hay más gente caminando dentro de La Lázaro.

Algunos bajan a ponchar su hora de almuerzo, mientras que otros, quizá por costumbre o por simple eficiencia, recorren ese primer piso de un extremo a otro, acortando el camino del campus, como si la biblioteca no fuera más que un atrecho en su ruta.

Esta historia es posible mediante una colaboración entre el Centro de Periodismo Investigativo y Open Campus.


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